con el CULO TORCIDO

Asi me he quedado. Sí, sí… Cosas que pasan en la vida…

Gente cerda. 24 enero 2010

Es verdad. Donde vivo mucha gente es cerda. No todo el mundo, claro está. Pero hay la suficiente gente cerda alrededor viviendo en mi pueblo como para que todas las calles estén llenas de mierda de toda clase todos los días del año. Hay cacas de perro en todas las aceras, todo el espacio es campo minado. No he visto jamás a ningún dueño recoger una caca aquí. Hay bolsas de patatillas, de supermercado, cajetillas de tabaco vacías, plásticos de todo tipo, servilletas usadas, papel de aluminio, cartones, maderas, colchones, sillas rotas… Y no sólo eso, también restos de comida, bocadillos a medio comer, lonchas de salchichón en medio de una acera, restos de pescado maloliente… En la calle o en la escalera de tu edificio, que aquí le dicen “finca”…

Lo más gracioso de todo, es que la gente aquí limpia las aceras. Es decir; no sólo hay barrenderos del ayuntamiento pasando como en cualquier otro lugar (barriendo a mano, con los maquinillos motorizados, el agua a presión, etc), sino que las señoras (muy raras veces o casi nunca señores) que limpian los portales (aquí los llaman “patios”) también se dedican a barrer y fregar el trozo de acera correspondiente al susodicho “patio”… Y además se friega todos los días…

Pero no sólo son cerdos porque sean sucios, aunque luego limpien compulsivamente; sino porque también son muy ruidosos. Yo creo que de los más ruidosos de España. Aquí lo normal es hablar a gritos entre la distancia, arrastrar mesas y sillas a cualquier hora y en cualquier lugar donde haya mesas y sillas; no tener la más mínima consideración con los vecinos. Martillar lo que sea a la hora que sea.

Los miércoles pasa el butanero para hacer el reparto. Pero aquí el reparto se hace a gritos. Si quieres una bombona, tienes que estar en casa a la hora que pasa el butanero y gritarle y hacerle señas desde el balcón o la ventana. Como se debía hacer en todas partes hace cincuenta años, pero en el año 2010 y en mi pueblo. No existe el pedido telefónico. Y aunque no quieras butano, todos los miércoles sabrás a qué hora pasa, porque pasará pitando y pitando y pitando una y otra vez el ruidoso claxon del camión; lleno siempre de bombonas hasta arriba. Piiiiiii pi-pi piiiiiiiii piiiiiiiiiii, piiiiiiiii piiiiiiiiiiiii!!!!!!!

Todos los días puede ocurrir que pase un coche dando vueltas con algún ruidoso bando del ayuntamiento. Al menos, todas las semanas pasa un par de veces, en horario de “máxima audiencia” (a la hora de comer, o de la siesta). ¿Qué anuncia? Normalmente anuncia que ha muerto alguien. Sí, eso mismo. Aquí se pregonan los muertos durante todo el año: ¡Atención, atención! Ha fallecido Eustaquio Pérez Fernández, el “Pasca”. El velatorio será en el tanatorio de (nombre de otro pueblo), y el funeral, mañana martes, a las 12:00 en el cementerio de (nombre del pueblo donde vivo). A veces anuncia otras cosas, como que ya se abrió el plazo para pedir la beca de material escolar, o que se pueden ver los censos para las elecciones. El día que anunciaron lo de las últimas elecciones, por cierto, en el mismo bando pregonaban después un muerto…

El cartero aquí viene cuando le da la gana. Como máximo (y si hay suerte), dos días por semana. Todo llega tarde. Fastidia especialmente ver cómo sistemáticamente te llegan las cartas de la oficina de empleo ofreciéndote oportunidades todas pasadas de la fecha límite. O cómo tardan semanas y semanas (a veces más de un mes) los paquetes que te envían. O cómo se quedan en la oficina de correos “descansando” estos paquetes durante un par de semanas, a la espera de que el cartero se le de por venir a traértelo… O por dejarte directamente el aviso como si hubiera hecho el intento y no hubieras estado en casa… Y cuando se alinean los astros, algunas ranas crían pelo y un cerdo vuela en Australia, tienes suerte y te timbra el cartero para traerte un paquete!!, eso sí, instándote a que bajes a buscarlo, que eso de subir escaleras es muy “cansao”. Una vez pillé al cartero dejándome el aviso en el buzón de un paquete que ya tardaba tres semanas (ni siquiera había timbrado, ni tampoco llevaba el paquete), y al bajar a llamarle la atención, me dijo: “Es que no me cabía en la moto”.

Cerca del pueblo hay espacios naturales muy bellos que también son frecuentados por la población de la gran ciudad cercana al pueblo. Da igual que haya enormes aparcamientos (casi siempre vacíos al 60%): A la gente le gusta aparcar en la puerta de los sitios, aunque tenga que ser invadiendo paseos peatonales, aceras o incluso el monte. Les gusta dejar su mierda en todas partes. No hay una panorámica, ni un sólo plano hacia el que se dirija tu mirada que esté libre de mierda reciente: Latas, bolsas, restos, latas, mierdas… Dejan mierda en familia, padres e hijos se divierten destruyendo la naturaleza, rompiendo ramas de árboles, tirando basura en cualquier sitio, espantando a los animalillos salvajes…

Aquí la sucesión cerdil está asegurada, ya que los niños también viven como cerdos. O al menos algunos, casi todos los que tengo cerca. (¿Será mala suerte? ¿Habrá esperanza? ¿Una luz al final del túnel?) Se acuestan a las tantas y campan a sus anchas. Corren por la casa de un lado a otro, juegan a golpearlo todo, a golpearse con todo, a tirarlo todo, a gritar. Son los cerditos de nueva generación. La que nos espera.

La gente anda pasamada. Con cara de tontolaba, van viendo pasar su vida de manera contemplativa y produciendo única y exclusivamente mierda.
En el supermercado, siempre hay señoras que se cuelan descaradamente, o que se ponen entre varias cajas para ver cuál libra antes. En los centros comerciales, todos son zombies con sobrepeso o con mermas intelectuales, o ambas cosas, pero inconscientes de sí mísmos. Van deambulando, en ocasiones, sin percibir lo que hay a su alrededor. Duermen, comen, cagan, mean, comen, comen, producen su dosis diaria de porquería, y duermen.

Trabajan, sí, es verdad. Los que no dedican su vida a zascandilear y a no dar un palo al agua, hacen el mínimo esfuerzo por subsistir. A nivel profesional, aquí no hay plazos para nada. No hay agobios. No hay espíritu. Todo puede esperar. (¿Se pué dejar pa mañana? ¡Pues pa mañana!.) Las cosas pueden ser para la semana que viene, pero tienes suerte si se acuerdan de que algún día les hiciste un encargo. Da igual a dónde vayas: Al taller del coche, al banco, al ayuntamiento, a la tienda, a la ferretería… Al final acabas confiando más en Carrefour que en ningún otro sitio, lo cual ya es bastante desesperanzador…

Con los vecinos que te toquen en este pueblo, podrías escribir un libro. Verás cómo no sólo te acosan con ruidos constantes que se cuelan con una facilidad pasmosa en tu hogar (pues las construcciones aquí también son de mierda), sino que esto sólo será el principio. Un día te caerá agua a chorro del aire acondicionado del de arriba a tu balcón. Y, por supuesto, como no avises, será como si no estuviera ocurriendo nada. Otro día tendrás goteras por una chapuza de tus vecinos, que resolverán después de meses y que te arreglarán después tarde, mal y a rastro. Y por supuesto, teniendo tú siempre que ir a “recordar” las cosas, porque aquí todo se olvida fácilmente. Otro día caerá pintura por una ventana (travesuras de los niños), otro día un nuevo inquilino hará por su cuenta agujeros y agujeros en la azotea para poner chapuceramente una parabólica a ras del suelo y tirando el cable todo por medio, justo donde tiendes la ropa. Otro día caerá un ladrillo a un coche aparcado misteriosamente de madrugada, y tu comunidad decidirá pagarle el arreglo para no ir a juicio, ya que les han denunciado… Si tienes sentido común, estás solo. Serás como uno más de la familia de cada uno de tus vecinos. Les oirás reír, llorar, gritar, darse golpes, hacer la comida, ir al baño, escuchar sus discusiones, su mediocridad cotidiana, su incapacidad para educar a sus hijos…

Lo mejor son las comunidades de vecinos. En la mía hay reuniones inútiles (dos al año, tres si hay alguna “extraordinaria”) donde todo el mundo grita, donde el administrador no hace ni un 1% de su trabajo y donde nunca se saca nada en claro. Hay morosos, hay gente que no limpia su trozo de escalera, pero esos deben ser más listos porque nunca pasa nada. Y todo el mundo tira mierda en la escalera. Me siento raro por no tirar mierda yo también. La gente piensa: ¡Ya lo limpiará quien le toque!. Tiran chicles, papeles, colillas, a veces restos de comida, de pollo, de choped… Gotean líquido pescaduno o de quién sabe qué (a veces de color rojo, a veces naranja, a veces verde) por toda la escalera (y luego limpian solo su trozo de escalera, en el mejor de los casos, como para autoexculparse…)

Y todos están normalizados aquí. Da igual que lleven varias generaciones viviendo aquí o que sean inmigrantes. La mayoría se convierten en cerdos. O ya lo eran, o se acostumbran a serlo después. Da igual. Es el mismo resultado.

Pero que nadie se lleve a engaño: No es un pueblo único en su especie. Probablemente, toda la provincia sea igual. Incluso la cercana ciudad es de las más llenas de mierda, pasmarotes, jetas y carentes de formalidad profesional que he visto…

Desde luego, como sociedad, el carácter aquí está muy marcado por esta pasividad pasmada y cerda. Es un pueblo distópico donde los haya. Hay que ponerse a salvo para no caer en la cerdería, pues aquí debe haber algún virus o algo peor… Cuando llegué, decir que me quedé con el culo torcido es decir poco. Vivo con el culo torcido. Ya no sé cómo se vive de otra manera… Una de dos: O estoy rodeado de seres de otro mundo que se han instalado aquí, o el resto del mundo somos de otro mundo y este es el verdadero y genuino género humano…

Pero como soy algo masoquista, quiero decir, tengo alma de antropólogo, mientras mi espíritu me implora que me marche, mi innata curiosidad científica me dice que dónde puedo estar mejor que aquí, rodeado de excepcionales e insólitos especímenes nunca antes vistos…

Nota: Todo es verídico. Mi inventiva no da para tanto… Me reservo el nombre del pueblo y de la provincia por razones obvias…

 

¿A donde van los personajes cuando termina la novela? Experiencia en el CGAC… 8 enero 2010

Filed under: Arte Contemporáneo — culotorcido @ 15:09
Tags: , ,

Soy un aficionado a los museos de Arte Contemporáneo. Me encanta visitarlos, porque siempre vivo experiencias que me hacen sentir más vivo, de alguna manera. A veces hay exposiciones mejores, a veces peores; alguna no me dice nada, alguna me lo dice todo. Pero siempre salgo de uno de estos museos con la sensación de haber hecho una inversión muy provechosa. Incluso del de Barcelona (que ha sido la peor visita hasta el momento; con unas exposiciones más flojas y todo sin doblar ni subtitular, ¡hala!, como si los visitantes tuviéramos que saber alemán y francés obligatoriamente), donde he disfrutado con unas extrañas y evocadoras composiciones musicales de John Cage.

En Galicia hay dos centros de referencia: el MARCO (en Vigo) y el CGAC (Santiago) y los dos son gratuitos y de entrada libre. En sus respectivas páginas web puedes ver sus exposiciones actuales, aunque en estas cosas lo mejor es tomarte una tarde y visitarlo sin ni siquiera saber qué te vas a encontrar.

No entiendo a la gente que critica -desde la lejanía- el Arte Contemporáneo, diciendo que son cosas incomprensibles, muchas veces meramente especulativas y que sus artistas son unos “jetas”. No tienen más que abrir sus mentes y sus corazones, y acudir con los sentidos despiertos a cualquiera de estos museos. A veces ayuda mucho leer la reseña sobre la obra que suele estar a la entrada de cada sala, más que nada para entender el concepto o la sensación que el artista pretende transmitir. Otras veces la impresión que produce es inmediata.

De todas maneras, también es cierto que a veces hay algunas obras que no entiendo, o que me parecen de una cierta desfachatez, como alguna serie de cuadros que he visto con una línea negra sobre fondo blanco, y sin demasiado mensaje… Pero, como en todas las cosas, hay de todo. Yo me quedo con la impresión final: Nunca me decepciona una visita a un centro de arte contemporáneo, y siempre me quedo con el “culo torcido” con alguna obra en particular.

Lo mejor de este tipo de creaciones, sean del tipo que sean (multimedia, escultura, fotografía, sonido, música, experiencias interactivas, texto, un poco de todo, etc), es que siempre despiertan en mí alguna parcela íntima de mi conciencia, alguna sensación (a veces perdida) o la consciencia de alguna realidad desconocida para mi, o simplemente un nuevo modo de ver algo cotidiano y conocido. Es creatividad pura, que al contemplarla despierta mi propia creatividad. De alguna manera, reaviva mi voz interior, esa voz que dice “tienes que hacer algo” y que se calla un poco cada vez que escribo una entrada en un blog, por ejemplo.

Son modos de expresar, de alguna manera, nuestra mayor esencia como humanos: Nuestros miedos, en ocasiones terrores, nuestras pasiones, nuestras vinculaciones afectivas más importantes, nuestras reflexiones… Nuestro sentido de la vida. O simplemente son un entretenimiento para nuestra percepción, que necesita volver a las raíces de nuestra humanidad, que necesita reaprender a escucharse a sí mísma….

¡Vaya! Me estoy desviando de mi propósito… Quería contar mi última experiencia en el CGAC, en la exposición “¿A dónde van los personajes cuando termina la novela?”, de Dora García. Así que allá voy:

Ayer fuimos Lola y yo a hacer una visitilla a Santiago, con la intención de ir al CGAC y visitar la ciudad. Así que, por la mañana, soportando el frío terrible que hacía, dimos los paseillos de rigor, tomamos un pinchito, más paseo, comimos en un italiano y, seguidamente, nos fuimos al CGAC.

El museo tenía dos exposiciones hasta hacía unos días, pero en este momento sólo la exposición de Dora García era accesible, así que la visita no duró mucho (apenas tres salas). Sin embargo, la experiencia fue impactante y memorable.

Comenzamos el recorrido con una frase escrita en el pasillo de acceso; la que pone “Una buena pregunta debe evitar a toda costa una respuesta”. (Esta frase nos la llevaremos en el bolso a la salida, en forma de una postal blanca con letras doradas, toda ella gratuita). Muy bien, seguimos adelante. Accedemos por unas escaleras a la sala, al final de las cuales había una señora de cierta edad sentada que parecía escribir algo cuando nos vió. Al principio de la sala, había una chica sentada ante una mesa que escribía, sin despegar la mirada de la pantalla a nuestro paso, en un notebook de estos de la manzanita (el equipamiento informático del museo es todo de esta marca). Esta es la sala principal, bastante grande. A continuación, una mesa baja blanca con montones de libros con una carátula negra con letras blancas y grandes que decían “Steal this book” (robe este libro).

Mesa con los libros. ¡Vaya! En el CGAC estaba más vacía... ¿podría haberme llevado uno?

Lola y yo comentamos la posibilidad de hacer caso a lo que decía el libro, pero las advertencias del mostrador de entrada y de varios carteles, hicieron que ni siquiera nos planteáramos la posibilidad de preguntar a la chica si podíamos llevarnos uno. ¿Tendríamos que robarlo sin que se diera cuenta? ¿De eso trataría el juego? En cualquier caso, seguimos adelante por la sala, donde, a continuación, se veían un cúmulo de papeles y objetos personales de un mendigo, coronados por un carrito de la compra al que le sobresalía un paraguas. Tras un rato observando las cosas, nos dirigimos a la sala contigua; una de las dos salas a las que daba acceso la gran sala en la que nos encontrábamos. Allí había dos monitores, con unos bancos y auriculares. Se trataba de dos vídeos, con el audio en inglés y los subtítulos en francés. Por la pereza de tener que descifrar alguno de los dos idiomas, no nos detuvimos demasiado con los vídeos, y volvimos a la sala principal, por la que avanzamos hasta el fondo. Allí había una proyección con un texto que parecía irse completando poco a poco. Comenzamos a leer. Ponía algo parecido a esto:

Un chico y una chica entran.
El chico tiene barba y la chica pelo corto, y lleva una chaqueta gris con lunares. Van hablando.
Entran en la sala de los monitores. Puedo oír como se sientan.
Se levantan, oigo sus pasos. La chica estornuda como nadie.
Salen de la sala de los monitores y comentan algo.
El chico se detiene a mirar las cosas del mendigo y no para de tocarse la barbilla.
Avanzan hacia el fondo y leen. No se mueven ni un pelo.
La chica mira hacia atrás y me señala. Entran en la otra sala.

¡Era una narración sobre nosotros! La chica del principio de la sala escibía sobre nosotros. Una genial idea que me producía varias sensaciones al mismo tiempo. Por un lado, me despertaba el interés por la técnica, pues me hacía darme cuenta de que algo tan anodino y cotidiano como entrar en un museo, mirar, comentar e incluso estornudar podía tener una forma bella e interesante al ser escrito. Por otro lado, en el momento en el que descubrimos que hablaban de nosotros, me senía un poco espiado, como si hubiera sido víctima de un gran hermano que no para de vigilar y tomar nota de todo. Me sentí ante la telepantalla de Orwell, o como una víctima del stalinismo. También me sentí importante: ¡Alguien que no nos conoce de nada estaba escribiendo sobre nosotros! ¡Estaba observándonos sin perder detalle!.

Descubierto el invento, caminamos por la última sala, otra con varios monitores y proyecciones. Alguna de estas sí tenía subtítulos en castellano, pero no las contemplamos demasiado tiempo. Y eso que una de ellas parecía especialmente interesante (dos personas hablaban sentadas cara a cara en una pasarela estrecha sin barandillas, inaccesible para el público, que hay en una de las salas del CGAC, en la parte más elevada de la sala).

Imágen del vídeo de la sala

Después de un minuto, un hombre entraba en la sala bastante rápido, sin pararse a observar nada de lo que allí había. Tenía una pinta peculiar, ya que iba vestido de motero, con guantes y todo, y con un anorak abultado. Salimos hacia la proyección del texto, movidos por la curiosidad. ¿Qué pondría la pantalla sobre aquél hombre?

Los chicos se sientan en los bancos, puedo oirlos.
Un hombre entra en la sala y mira todo con lejanía.
Lleva unos guantes de moto y un abrigo. Cuando camina hace el ruido del plástico “risck-risck”.
Salen los chicos y miran la pantalla. Quieren leer más cosas sobre ellos.

Pero como todo lo bueno, la exposición llegó a su fín, pues ya no había nada más que observar; ninguna sala accesible. Así que salimos de la sala, no sin antes mirar a la chica al pasar a su lado, quien nos miró sonriendo, y a quien saludamos.

Este Instant Narrative (2007) es, desde luego, impactante. ¿Seríamos personajes de una novela que salen en su tiempo libre a ver una exposición? ¿O seríamos personajes de una novela sobre unos chicos que visitan una exposición? ¿O sobre la vida de un museo? Es un buen concepto sobre una obra siempre cambiante, siempre inacabada, siempre impredecible, y dependiente de los propios visitantes.

Una experiencia diferente e interesante ¿no os parece?

 

La oficina de empleo y el orientador kafkiano: “No tienes ninguna experiencia acreditada, y las prácticas no se pueden poner” 2 abril 2009

Hoy he terminado mi último contrato. Por ello, hoy he ido a inscribirme en mi oficina de empleo y he ido a retocar mi demanda a través de la entrevista llamada “en profundidad”, un servicio que poca gente utiliza (casi no hay cola) pero al que tenemos derecho; supuestamente sirve para facilitarnos la vida, para “orientarnos” a la hora de elegir ocupaciones, de solicitar cursos; para sacar el máximo partido a nuestro llamado perfil profesional ayudándonos a registrar los datos lo mejor posible. Pero en mi oficina Servef, este servicio no sirve para facilitar las cosas al ciudadano, sino más bien para entorpecer.

La primera entrevista (ya veréis por qué es la primera). Primera odisea.

Llego, y lo primero que ocurre es que el/la técnico/a (no voy a dar pistas, que quede claro) me dice que “no tengo acreditada NINGUNA experiencia laboral”. Yo le digo que eso no es posible, que llevo inscrito varios años y que pasé al menos cuatro o cinco veces por esta misma entrevista en ocasiones anteriores, y que los técnicos me habían añadido las experiencias y yo las había acreditado.

Pues no. Resulta que en todas las anteriores ocasiones me habían registrado mi experiencia como “afirma poseer el título o los conocimientos”, y por ello, este/a nuevo/a técnico/a que me tocó, se negó a modificar o añadir nada hasta que no acreditara todo lo que tenía puesto anteriormente como experiencia. (Y eso que sólo pretendía añadir mi último trabajo). La única acreditación que traía conmigo era el último contrato, pero como no llevaba encima la vida laboral, pues a casa que me fui, al ordenador a imprimir la vida laboral (bendito internet y bendita firma digital) y de vuelta a la entrevista otra vez (menos mal que para esto no hay que hacer cola, aunque ahora se han preocupado de no trabajar demasiado poniendo en la máquina  de donde se coge número “entrevistas con carta de citación”, cuando antes sólo ponía “entrevistas”, aunque yo fui igual sin carta; ya sólo faltaría perder más tiempo con una cita para otro día cuando en realidad no tienen a casi nadie para hacer entrevistas).

Y yo me pregunto… ¿qué le pasaría a alguien que no puede sacarse la vida laboral ese mismo día? ¿a alguien que no tiene la firma digital? ¿por qué no puede dejar quietecito lo que ya tengo escrito en mi demanda y simplemente añadir lo último?
Y lo más importante: ¿por qué cada vez que voy a la entrevista del Servef sufro una aventura nueva? (otro día hablaré de anteriores experiencias maravillosas con otros técnicos que más que animarte a buscar empleo, te desaniman diciéndote lo mal que está todo y que no te van a llamar nunca; y eso que hablo de cuando no había crisis… Pero eso es otra historia).

Segunda entrevista (después de volver a casa a por la vida laboral y ya de paso todo lo que tengo, por si acaso): La experiencia que antes era experiencia pero que ahora no es experiencia.

Una vez acreditada la experiencia que venía reflejada en la vida laboral, le tocaba el turno al resto de experiencia (que ya tenía añadida en mi demanda). Pues bien, según el/la técnico/a, esa experiencia no podía figurar ahí, ya que no era con contrato laboral. Y a pesar de tenerla acreditada a través de certificados oficiales de prácticas, nanai. Lo único que hizo fue incluir estas experiencias como “formación complementaria”, aunque luego añadió estos meses de experiencia a las demandas de ocupaciones (¿en esto sí?). En fín. Según este/a técnico/a, la normativa por la que se rigen dice que la experiencia a incluir sólo puede ser la que cotiza a la seguridad social. Así que de esto se sacan dos conclusiones provisionales:

1ª conclusión: Si esta persona tiene razón, los demás entrevistadores lo hacen mal.
2ª conclusión: Si tienes una beca, trabajas sin contrato, o haces prácticas en una empresa, no te lo contarán como experiencia en tu inscripción en la oficina de empleo. Así que ya sabes, además de no cotizar, tampoco tienes experiencia. No existe.
3ª conclusión: ¿tan difícil sería que te facilitaran las cosas en lugar de entorpecer cada día con una cosa nueva? ¿tan dificil es que haya un criterio homogéneo sobre cómo se deben hacer las cosas? ¿tan difícil es saber ateneder a la gente? ¿tan difícil es ser un poco amable? ¿tan difícil es…?

 

a 90 por la autovía… 21 enero 2009

Filed under: comportamientos humanos — culotorcido @ 15:40
Tags: , ,

Trabajo a 30 kilómetros de mi casa. Ello implica que debo desplazarme 60 kilómetros todos los días con el coche, ya que el transporte público en mi caso es una alternativa que, aunque más barata, me haría perder, en el mejor caso dos horas para trayectos que hago en 40 minutos.

El caso es que me he planteado desde hace tiempo el ir en coche a trabajar a no más de 90 kilómetros por hora. Realmente voy a 80 y vuelvo a 90, porque para volver hay más ganas. Lo hago por varios motivos: En primer lugar, por mi economía, ya que ahorro más de un 30% en gasolina si comparo mi consumo actual con el de los tiempos en que circulaba a 120-130 en los mismos trayectos. También por ecología. Ya que no puedo ir en bicicleta, ni en metro, ni en autobús (hacerlo sería más ecológico y económico, pero acabaría con mi tiempo y mis nervios), y no me queda otra que ir en coche (que por suerte dispongo de él), por lo menos minimizo el impacto ambiental llendo a 80-90. Ir a una veloccidad más reducida sería peligroso, y además no reduciría más el consumo. Por tanto, esa es la veloccidad más adecuada.

Pues lo que es para quedarse con el culo torcido, son las impresiones que voy sacanddo poco a poco sobre los hábitos de los conductores. La perspectiva que se tiene conduciendo a 90 es un tanto privilegiada, y se puede apreciar mejor lo que te encuentras por la carretera. Así que, voy a detallar un poco los tipos de conductores que he observado hasta ahora:

Lo primero que debo decir, es que me llama la atención que, en general, la gente acoge bien el que vayas a 90 por la autovía. La mayor parte de los conductores te respetan, muchos otros van igual que tú, otros incluso más despacio, y de entre los que van más rápido, te adelantan con suficiente espacio y sin agobiar. Pero ahora voy a lo divertido (mientras no provocan accidentes, claro), que es hablar de la fauna que todavía circula por nuestras carreteras:

Los camioneros que tienen prisa: En general son un gremio que respeta al vehículo que circula a 90, ya que ellos deberían también circular a esta veloccidad. Pero muchas veces hay excepciones. El que menos, se coloca a centímetros de ti antes de iniciar el adelantamiento. Otros incluso te dan luces, como si no fuera normal ir a esa veloccidad por una autovía.

Los “marulos” o discotecas andantes, con cristales negros y coches tuneados, que son los amos de la carretera: No todos son así, pero es para que os hagáis a una idea de a qué tipo de conductores me refiero. Suelen estar “flipaos” con su coche, normalmente para enmascarar complejos, y les gusta canalizar su masculinidad haciendo ruido y apretando el acelerador. Estos son de los que se ponen a centímetros de tí antes de cualquier adelantamiento; el cual realizarán en cuanto tengan la mínima oportunidad. Lo que yo hago es hacer como si naada, seguir a la mía. Ni voy más despacio (que es de lo que me entran ganas), ni más rápido. Eso sí, si la carretera se pone peligrosa, decelero para compensar la poca distancia de seguridad que tengo por detrás en caso de frenazo.

Los maduritos acomplejados con coches de cilindrada. Son hombres de más de 50 años, muchas veces, con o sin dinero, pero con un BMW, mercedes, o simplemente cualquier coche grande. Estos conducen un poco más suave que los anteriores, pero también se ponen a centímetros, van normalmente 30 o 40 km/h por encima de los que van más rápido, y sólo frenan en el último momento. Dan luces a quienes osan adelantar a 90, 100, o incluso 120 por una autovía sin dejarles pasar a ellos antes. Se sienten frustrados y hablan pestes de los límites de veloccidad. Siempre dicen que un coche potente es más seguro, y que los límites no valen para nada. Echan pestes de los radares, las multas y la Guardia Civil, y piensan que el carril izquierdo es su casa.

Los maduritos del todoterreno. A veces son cazadores, a veces no. Son hombres también de cierta edad, a los que les encanta tener la sensación de que están por encima de los demás desde su posición físicamente más elevada en la conducción de un todoterreno. No me refiero a todos los conductores de todoterrenos, lógicamente, pero hay muchos que “abusan” de su rugerizada carrocería y van intimidando al personal haciendo maniobras arriesgadas y, por supuesto, no señalizándolas nunca. El lema de éstos podría ser “que se aparten”. No les importa consumir hasta un 40 o 50 % más de combustible que la media para los mismos trayectos, y se consideran -los que son también cazadores-, los más ecológicos.

Las mujeres con “derecho al mal”. En general, las mujeres que me cruzo suelen conducir prudentemente, pero en ocasiones (cada vez más frecuentes), me encuentro con mujeres que desbordan agresividad en su conducción, y cumplen con todos los clichés de los anteriores (sobre todo de los marulos).

Los “miedosos” o imprudentes de veloccidad reducida. También hay, de vez en cuando, algunos (aunque pocos) que van a 60 por la autovía, y que van con el asiento pegado al cristal. Y no, no son conductores/as noveles. Son conductores “miedosos”, que se ponen en peligro cada vez que se meten en el coche y dejan que sus miedos no superados conduzcan por ellos. Muchos de estos son señoras de cierta edad, aunque hay de todos los perfiles, en general.

Los transportistas de furgoneta. Estos son mis favoritos, pues son una mezcla de muchos anteriores, pero con un matiz: Normalmente respetan al conductor que circula a 90, aunque luego ellos cometen sus imprudencias, circulan a 130 ó 140 (o a lo que dé la furgalla), adelantan en contínua, se ponen a centímetros cuando te quieren adelantar y no pueden (aunque no todos)… Pero, quizá porque no les queda otra, y su trabajo es conducir, tienen un poquito más de paciencia, en general.

Los taxistas. Hay de todo, pero el taxista medio parece que siempre tiene prisa, Auque luego ande dando rodeos, lo importante es que parezca que tiene prisa. (bueno, lo de los rodeos es una leyenda, que pocas veces se cumple). Estos saben mucho, pero son imprudentes en muchas ocasiones. De todos modos, son el gremio profesional que mejor sabe traspasar las normas de tráfico con el menor peligro posible, aunque siempre que las incumplen, aumentan más su peligro que si no lo hicieran.

El conductor “medio”. El conductor medio va a la veloccidad que le permite la señal, en los tramos que conoce le aprieta un poco más, si sabe que no hay radar, cuando hay radar va justito o un poco menos, pero cuando se encuentra con alguien que va más despacio, pues espera a poder adelantar y lo hace con seguridad.

El loco. Siempre hay alguno. Al menos, cada semana me toca alguno. Es el clásico que supera a todos. Suele tener un coche deportivo, o de alta gama, normalmente, aunque he visto muchos con un Golf de los viejos o cualquier otro coche. Este conductor se define por ir siempre a todo lo que su control le permite. Lo demás da igual. Es el clásico que va zigzagueando entre el tráfico, y va unos 50 ó 60 km/h por encima de la media. Se cree que los demás son idiotas, y que él es muy listo. Piensa que ir despacio o a la veloccidad indicada, es como someterse al sistema, y es de idiotas. Normalmente, cree que quienes tienen accidentes les ocurre porque no saben conducir. Ellos, sin embargo, conducen mejor que nadie, y su lucha personal es desafiar el control de los radares, los cuales son algo así como el principal yugo alienador de las personas.

Bueno, espero que esta entrada os resulte divertida, aunque mi principal objetivo, como siempre, es reflexionar, puesto que en el tema del tráfico todavía hay poca concienciación. Sólo hace falta una frase para concienciarse, si la leemos y pensamos lo que quiere decir al mismo tiempo: El tráfico es la principal causa de muerte en España.

 

El “compromiso” de bancaja… 12 enero 2009

Filed under: banca,burocracia — culotorcido @ 14:21
Tags: , , , , ,

Hoy he ido a abrir una cuenta en una sucursal Bancaja. Me atendió una joven risueña con aires de condescendencia y ganas de meterse en lo que no le importa.

Yo quería abrir una cuenta para domiciliar recibos. Sencillo, y para toda la familia. Y poder ver los movimientos por internet. Y, sobre todo, que no tuviera comisiones (ya que el objetivo es escapar de Caja del Mediterráneo, que este año me la metió doblada con 30 eurazos de comisión de mantenimiento)

A la hora de abordar lo que me interesaba, he tenido que esquivar un pequeño interrogatorio sobre por qué y por qué no quiero hacer esto y lo otro, y por qué no domicilio los recibos en el mismo sitio de la nómina, y por qué…. Y aplicando el refrán que cita un pequeño plato de cerámica (heredado de mi abuelo) que dice “a quien quiera saber, poco y del revés”, avancé en mi gestión.

Primera mala noticia: No tengo acceso a internet con una cuenta de Bancaja si no doy de alta una tarjeta. Yo no quiero una tarjeta, así que adiós internet (o adiós bancaja).

El caso es que seguí palante con mi intención de abrir la cuenta. Que para eso he cogido la bicicleta esta mañana, y para eso he dado el paseo hasta la sucursal; aunque otro día vuelva a darlo para cerrarla (que con los honores que hizo la tía, me dieron ganas de hacerlo al instante).

Y llegó el momento de firmar el contrato. Aquí es donde se miden los buenos comerciales de banca. Lo normal es que te presenten papeles a firmar sin leer, y que la gente los firme sin leer. Eso es lo normal. De hecho, nadie lee los contratos, ni siquiera de las hipotecas o de los créditos. Es tremendo, pero es así. Yo sólo estaba abriendo una cuenta corriente, sin comisiones, así que no tenía nada de que temer, pero sólo por seguir mi modus operandi habitual, y por tomar el pulso a la sucursal, en el momento de firmar, le dije a la mujer:

-Quisiera ver, en concreto, dónde se aborda el tema de los costes y comisiones en el contrato.

Y, con cara de sorpresa, me indicó rápidamente el artículo donde ponía “Comisiones de servicio”, sin pararse ni un solo segundo a explicarlo ni a hacer mención alguna.

-Bueno, quisiera ver, en concreto, dónde especifica que no tendré comisiones.

-Eso es que está en carteles por todas partes. Es el “compromiso bancaja”.

-Ya, conozco los carteles, por eso he venido a abrir la cuenta, pero yo firmo el contrato, no un cartel. Y aquí vienen unas explicaciones y una fórmula que no entiendo. ¿me la puede explicar?

-Es que eso es el compromiso Bancaja, que no viene escrito ahí exactamente. De todas maneras tienes dos semanas para revocar el contrato

(dos semanas! si puedo cancelar la cuenta cuando quiera!)

Y viendo que la cosa no daba más de sí, firmé el contrato alegremente, y volví a mi casa en mi bicicleta, pensando que quizá, muy a mi pesar, la opción de Botín fuera mejor para mi propósito (ya que ahí tengo cuenta, y tener otra no me costaría nada y tendría acceso por internet sin contratar tarjetas)…

Lo que es para quedarse con el culo torcido es que la empleada no supiera explicarme lo que ponía la cláusula del contrato en el apartado de “Comisiones de Servicio”, y que incluso me hiciera ver que era un bicho raro por no firmar directamente el contrato. Me repetía una y otra vez que lo de las comisiones era “un compromiso” de Bancaja, y que no venía explicado en el contrato. Ver para creer. Desde luego, siempre le he echado la culpa a la gente por no enterarse bien de lo que firma, pero lo cierto es que las entidades no lo ponen nada fácil, la verdad.

PD: Sé que no es para tanto, pero con algo tenía que innaugurar culotorcido!!!